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Archive for the ‘Subordinados de O’higgins’ Category

 

El Hijo del Parque

 

 

Va todos los días al Parque O`Higgins para sentirse acompañado. No tiene amigos ni familia, sólo un parque dispuesto a ofrecerle un espacio y caminos para recorrer. De esta forma Ricardo se ha hecho la fama del mejor administrador encubierto, suficiente para que la gente del parque lo reconozca cada día con tanto cariño.

 

 

Ricardo Flores se sienta solo en uno de los tantos bancos del Parque O’Higgins. Al contemplar su entorno, comienza a aclarar el origen del parque. Con bastante seguridad, afirma que éste fue un regalo de la familia Cousiño, y que el nombre que hoy lleva, no rinde honor al obsequio hecho por los Cousiño. Es así como Ricardo Flores cumple la función de Administrador del Parque Encubierto. A sus pies juguetean dos perros quiltros, que son acariciados de tanto en tanto por el que dice ser su dueño. Los perros saltan, se sientan y observan al hombre. “Uno se llama Re, y la otra Laica”, comenta, mientras comparte un pedazo de su pan con los animales. Pero los perros no son suyos: viven en el parque desde hace años y andan de dueño en dueño.  Ricardo admite que los conoció ya grandes y que desde ese momento se ven todos los días. Los animales esperan su llegada, y le mueven la cola al verlo.  “Ellos y el parque son mis únicos amigos”, confiesa.

 

“Me siento muy solo”

 

Ricardo se levanta y se dirige al parque. A las diez de la mañana ya está instalado en él y se dedica a recorrerlo. A veces se sienta en un banco y ve a la gente pasar. Algunos lo conocen como El Tata, otros como El Hijo del Parque, debido al conocimiento que éste tiene sobre las cosas que suceden en él.

Visita el parque hace dos años, desde que se sintió solo y necesitaba compañía. Su familia lo abandonó debido a un vicio que lo consumió durante años: el alcohol. “A esta hora ya estaba tirado”, admite. Son las 12 de la tarde. “Ahora estoy rehabilitado, gracias a Dios”, dice, mientras saca un cigarro para fumar.

Cuando estuvo hospitalizado por cirrosis crónica, ningún familiar lo fue a visitar, ni su esposa ni sus dos hijas. A pesar de los llamados telefónicos hacia ellas, ninguna contestó, por lo que al salir del hospital Ricardo decidió que nunca más las vería. Agarró lo poco que tenía y buscó una pieza donde vivir. Así llegó a la calle Dieciocho, donde actualmente arrienda una pieza, que paga con su jubilación que obtuvo gracias a que antes de su enfermedad trabajó en la construcción. La contigüidad de su pieza con el Parque O’Higgins produjo el acercamiento hacia él. Desde que se instaló en la pieza descubrió la compañía que el parque le ofrece. “Este lugar me da compañía, me siento  muy solo”, comenta.

Comúnmente, abandona el parque a las una o dos de la tarde, dependiendo de cuanta hambre tenga, y se dirige a Cumming para pedir monedas. Con la jubilación apenas le alcanza para arrendar su pieza, por lo que tiene que estirar la mano para poder almorzar. “no me da vergüenza machetear”, asegura.

Está acostumbrado. Antes, cuando todavía era alcohólico, no tenía nada. Ni pieza, ni jubilación, estaba perdido sin saber a donde ir. En esos casos pedía plata y se dirigía al Hogar de Cristo, donde pagaba 100 pesos para dormir y comer. Luego se iba y empezaba a beber alcohol.

La fe en Dios lo ayudó a rehabilitarse: los rezos eran su único apoyo, por eso va a misa todos los domingos como muestra de agradecimiento. De esta manera nos confiesa que hoy casi su único amigo es Dios, es quien lo saco del hoyo en el que estuvo y el que lo mantiene con ganas de vivir. “Dios me dio una segunda oportunidad”, comenta.

 

Lo único que puede frenar su ida al parque es la lluvia. No le gusta estar mojado ni sentir frío. Pero, como la menor cantidad de tiempo está lloviendo, Ricardo pasa la mayor cantidad del año en el parque. “No tengo sueños, ni planes, lo que sé es que tengo que ir al parque”, dice.

Ricardo se levanta para irse. Completamente solo. Los perros lo acompañan hasta la puerta del parque hasta que lo ven desaparecer. Volverá mañana y recorrerá los mismos caminos, verá la misma gente y  jugará con los mismos perros. Se sentirá menos solo, siempre siendo el guardián del parque, uno de los pocos que conoce todos los rincones de él.

 

 

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